Por Tito Olivo
Economista y analista geopolítico.
Cuando Estados Unidos e Israel iniciaron el 28 de febrero de este año una operación militar orientada a descabezar la cúpula política y religiosa de Irán, difícilmente calcularon el efecto bumerán que desatarían sobre su propia economía. La mayoría de los analistas independientes advertían que el crudo entraría en una espiral alcista incontrolable tan pronto como Teherán utilizara su recurso geopolítico más letal: el bloqueo parcial o total del estrecho de Ormuz. Este paso marítimo, que conecta el golfo Pérsico con el golfo de Omán y el mar Arábigo, canaliza cerca del 20 % del petróleo y el gas natural licuado que consume el planeta. El pronóstico se cumplió con exactitud matemática.
A pesar de que Estados Unidos ostenta la condición de primer productor mundial de hidrocarburos, el precio del diésel ha perforado el techo de los 6 dólares por galón, llegando en diversos estados y puntos de distribución minorista hasta los 9,99 dólares por galón. La raíz de este estrangulamiento reside en un desajuste físico y estructural: el auge productivo estadounidense proviene del petróleo de esquisto (shale oil), un crudo ligero y dulce (light sweet) cuyo rendimiento refinador arroja abundantes naftas y gasolinas, pero una proporción marginal de destilados medios (diésel, kerosene de aviación) y fondos pesados como el fueloil o el asfalto (AC-30).
Para alimentar su complejo sistema refinador, Washington depende imperiosamente del crudo pesado y agrio (heavy sour), suministrado tradicionalmente por el golfo Pérsico, las arenas bituminosas de Alberta en Canadá y Venezuela. Sin embargo, la oferta venezolana permanece severamente mermada por el deterioro acumulado de sus campos tras años de sanciones y bloqueo financiero.
Esta vulnerabilidad técnica explica la arquitectura de la Reserva Estratégica de Petróleo (SPR, por sus siglas en inglés). De su capacidad autorizada de unos 714 millones de barriles, el 60 % se concibió deliberadamente en crudo agrio y el 40 % en crudo dulce. Las refinerías de la Costa del Golfo de México fueron diseñadas históricamente para procesar crudos densos de México, Venezuela y Medio Oriente, estando dotadas de costosas unidades de coquización (cokers) e hidrotratamiento profundo. La SPR nació, precisamente, como un seguro de crudo pesado ante eventuales cortes en las importaciones marítimas.
La sangría de estas reservas ha sido implacable. Hacia el inicio del conflicto en Ucrania, los inventarios rondaban entre 580 y 600 millones de barriles. Para febrero de este año habían descendido a una franja de entre 390 y 395 millones de barriles, como consecuencia de las masivas liberaciones autorizadas por la administración Biden para amortiguar el veto a Rusia —entonces el tercer productor mundial con 10,65 millones de barriles diarios y segundo exportador global—. Aunque Donald Trump fustigó con dureza electoral aquellas extracciones, la actual crisis lo obligó a recurrir al mismo expediente para impedir que el crudo superara los 150 dólares por barril. Como resultado, los inventarios de la SPR se han desplomado a 284,6 millones de barriles, marcando su piso más precario en más de cuatro décadas.
Este drenaje masivo acarrea severos riesgos geológicos. Las cavernas subterráneas de almacenamiento, excavadas en domos de sal, sufren tensiones estructurales críticas. La extracción exige inyectar agua dulce para desplazar el crudo hacia la superficie a medida que el nivel desciende; este contacto disuelve de manera irregular los lechos y muros salinos, ensanchando las cavidades de forma incontrolada y elevando el riesgo de desprendimientos internos y colapsos estructurales definitivos.
La apuesta de Washington partió de una premisa fallida: suponer que Irán capitularía en pocas semanas, asegurando a Occidente el control del 20 % del flujo energético global —en un mercado que consume cerca de 105 millones de barriles diarios—, resolviendo de paso el déficit de crudos pesados para destilados y asfalto, y asfixiando el suministro hacia China, que recibe desde Ormuz alrededor del 80 % de sus importaciones del Golfo.
La realidad ha desbaratado ese plan. Al cierre y hostigamiento en Ormuz se sumó la maniobra de Ansarolá (los hutíes) en el estrecho de Bab el-Mandeb. Arabia Saudita movilizaba por el mar Rojo entre 1,5 y 2 millones de barriles diarios —de sus casi 7 millones de exportación total—, de los cuales 500.000 barriles eran destilados medios refinados en complejos como Yanbu y Yubail. El intento de sortear la zona mediante el oleoducto Este-Oeste (Petroline), con capacidad de 5 millones de barriles diarios hacia el puerto de Yanbu, topó con límites infranqueables: al cargar allí, los buques que se dirigen al norte hacia Suez o bajan al sur quedan igualmente al alcance de drones y misiles. El obligado desvío por el cabo de Buena Esperanza en Sudáfrica añade de 12 a 15 días de travesía, disparando los seguros de guerra y encareciendo los fletes en millones de dólares por cargamento.
Europa, desprovista del diésel ruso y ahora privada del flujo directo saudí por el mar Rojo, ha salido a absorber de emergencia los destilados disponibles en la Costa del Golfo de Estados Unidos, catapultando los precios internos del combustible a niveles insostenibles.
Este colapso en el precio del diésel —la verdadera sangre que mueve el transporte pesado, el agro y la industria— coloca al gobierno estadounidense en una encrucijada crítica ante las elecciones de medio término. La escalada atiza una inflación energética persistente que obligará a la Reserva Federal a congelar cualquier flexibilización y mantener las tasas de interés elevadas, encareciendo el crédito para las familias, el sector productivo y el propio Tesoro. Con una deuda federal que escala hacia los 41 billones de dólares, el servicio financiero anual por pago de intereses ya superó el billón de dólares (un trillion en la contabilidad anglosajona), rebasando con holgura el colosal presupuesto de defensa del Pentágono de 890.000 millones. La aventura bélica no solo no aseguró el petróleo foráneo, sino que ha terminado por detonar las fragilidades estructurales del centro del imperio.









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