Por: Tito Olivo Economista y analista geopolítico
En el Gran Caribe, la actual crisis energética global dibuja un panorama de contrastes. Si bien algunas naciones productoras de petróleo y gas podrían beneficiarse marginalmente en términos económicos, para la mayoría de nuestra región la situación es de «brinco y espanto». Nos encontramos en un momento histórico que nos obliga a plantear alternativas urgentes para enfrentar un mundo en mutación.
El retorno de la estanflación
Nuestras economías, altamente dependientes del turismo y las remesas, enfrentan hoy una amenaza existencial. El conflicto desatado en Oriente Medio, que involucra a potencias como Estados Unidos e Israel contra Irán, ha disparado los precios de los energéticos. Esta crisis nos transporta a las amargas experiencias de 1973 y 1980, resucitando el fantasma de la estanflación: ese fenómeno de estancamiento económico con alta inflación que pulveriza el poder adquisitivo.
El incremento del petróleo y el gas natural no solo golpea el bolsillo del consumidor; reduce la demanda de bienes y servicios, provocando una parálisis económica. A esto se suma el desafío ambiental: una temporada de sargazo que se verá incrementada sustancialmente, afectando de manera directa el pulmón de nuestra economía: el turismo.
El peso de la deuda: De la inversión a la supervivencia
La complejidad de nuestras economías se refleja en la evolución de nuestra deuda. El contraste histórico es alarmante:
- 1973 (Guerra de Yom Kippur): El endeudamiento del Gran Caribe promediaba apenas entre un 15% y 25% del PIB. Era una deuda esencialmente pública y multilateral, con tasas bajas.
- 1980 (Guerra Irán-Irak): Los niveles escalaron a un promedio del 50% del PIB, superando los 30,000 millones de dólares y pasando a manos de la banca privada.
- 2026 (Actualidad): La deuda global del Gran Caribe alcanza hoy los 580,000 millones de dólares (68.4% del PIB regional). Aunque en la República Dominicana la cifra es del 49.9%, sigue siendo un problema crítico, pues el servicio de esa deuda consume recursos vitales que deberían destinarse al desarrollo social y al combate a la pobreza.
Soberanía Energética: El sol no pasa por el Estrecho de Ormuz
Ante la inestabilidad global, la respuesta debe ser la soberanía energética al margen de los combustibles fósiles. Las energías renovables tienen una ventaja geopolítica imbatible: no tienen que atravesar el Estrecho de Ormuz ni el Mar Rojo para llegar a nosotros.
El sol sale todos los días, independientemente de la voluntad de las potencias. Por ello, debemos impulsar:
- Masificación Solar: Llevar los paneles a los techos de las familias y adoptar tecnologías como tejas y ventanales solares para reducir las pérdidas del sistema.
- Innovación Hídrica y Eólica: Colocación masiva de paneles sobre lagos, aprovechamiento del viento en plataformas marinas y sistemas de rebombeo solar para mantener la estabilidad de nuestras presas en tiempos de sequía.
- Valorización de Residuos: Investigar la energía mareomotriz y convertir el sargazo y el lirio de agua dulce (lilas) en biogás. Paralelamente, el aprovechamiento de los desperdicios sólidos urbanos y rurales es vital; no solo para generar energía, sino para eliminar los focos de contaminación donde proliferan ratas y mosquitos, combatiendo así enfermedades como la leptospirosis y el dengue.
Hacia un modelo de desarrollo cooperativo
Finalmente, la respuesta debe ser también social. Es imperativo construir un modelo alternativo al neoliberalismo, que ha ensanchado las brechas de desigualdad y concentrado el capital.
Debemos transitar hacia un sistema cooperado, donde el capital, el trabajo y el conocimiento caminen de la mano con el Estado. Solo un entorno de desarrollo equitativo permitirá que nuestras familias no se vean destruidas por la necesidad de emigrar en busca de las oportunidades que su propia tierra debería brindarles.












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