Por: Tito Olivo
Economista y analista geopolítico
En esta serie de artículos nos proponemos analizar la caída del keynesianismo y su posterior relevo por el neoliberalismo económico. Para ello, examinaremos las razones que dieron origen al modelo keynesiano, las causas estructurales que precipitaron su agotamiento y los factores que en la actualidad podrían detonar el ocaso del paradigma neoliberal, abriendo la puerta a un resurgimiento de la intervención estatal bajo nuevas modalidades.
El keynesianismo, como cuerpo teórico, surgió como una respuesta reformista ante la devastadora Gran Depresión de 1929. El liberalismo clásico carecía de respuestas frente a aquel colapso; la premisa de dejar que el libre mercado encontrara su propio equilibrio no hacía más que profundizar la contracción económica y el desempleo masivo.
Para erigir su obra cumbre, Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero (1936), John Maynard Keynes se nutrió esencialmente de dos vertientes: una empírica y otra teórica. En el plano práctico, observó las políticas del presidente Franklin D. Roosevelt a través del New Deal (1933–1938), el cual recurrió a una vigorosa intervención estatal dividida en dos etapas: una primera (1933–1934) volcada al alivio financiero y la reactivación inmediata de emergencia, y una segunda (1935–1938) concentrada en reformas estructurales, seguridad social y derechos laborales.
En el plano teórico, yace la sombra de Carlos Marx y su obra magna, El Capital. Aunque Keynes desestimó formalmente la obra de Marx en diversas ocasiones, coincidimos con el célebre juicio de Joan Robinson —una de sus más brillantes discípulas en Cambridge— cuando afirmó que, si Keynes no hubiese leído a Marx, habría perdido demasiado tiempo para llegar por cuenta propia a las conclusiones a las que llegó.
A nuestro entender, el punto de convergencia medular radica en el concepto marxista del aumento en la composición orgánica del capital. Marx planteó que el valor y la plusvalía se originan en el trabajo vivo (capital variable), mientras que la mecanización y el avance tecnológico (capital constante o trabajo muerto) incrementan los costes fijos del capitalista. La competencia intercapitalista obliga a todos a incorporar maquinaria para no quedar rezagados, lo que desata dos fenómenos críticos:
- Apalancamiento y sobrecoste fijo: El empresario incurre en deuda y mayores costes fijos para renovar sus equipos.
- Desplazamiento de mano de obra y crisis de realización: La automatización expulsa trabajadores fabriles, engrosando lo que Marx denominó el ejército industrial de reserva. Al quedar en el paro, estos trabajadores ven destruido su poder de compra, lo que Keynes denominó una contracción de la demanda efectiva. La producción mecanizada inunda el mercado de bienes que nadie puede absorber, disparando los inventarios y sumiendo al capitalista en pérdidas.
Frente a esta falla intrínseca del mercado libre, Keynes postuló que correspondía al Estado intervenir activamente para reactivar la economía y absorber la mano de obra desocupada. Desde la identidad macroeconómica del producto:
PIB = C + I + G + (X – M)
(donde C es consumo, I inversión privada, G gasto público y X – M las exportaciones netas), Keynes demostró que cuando el sector privado colapsa, el Estado debe compensar la brecha de dos formas: mediante la inversión pública en infraestructuras para generar empleo directo, y mediante una política monetaria expansiva (bajas tasas de interés) que abarate el crédito para incentivar el consumo familiar y la inversión productiva.
En el esquema clásico keynesiano, la inflación y la recesión se consideraban fenómenos excluyentes. Si la economía se sobrecalentaba por exceso de demanda, bastaba con enfriarla subiendo las tasas de interés y contrayendo el gasto público. Este instrumental funcionó con éxito durante la posguerra porque los costes energéticos permanecieron baratos y estables, actuando como un ancla silenciosa de la productividad global.
Ese mundo predecible se desmoronó con los choques petroleros de los años setenta. Primero, en 1973, cuando la OPEP impuso un embargo a raíz de la Guerra de Yom Kipur, catapultando el precio del barril de $3.00 a $11.50 dólares; y luego, en 1979-1980, con el derrocamiento del Sha de Irán y el estallido de la guerra Irán-Irak, que empujó las cotizaciones por encima de los $30.00 dólares.
Aquel choque exógeno de oferta desató una inflación de costes que estranguló los márgenes empresariales mientras la actividad económica caía. Había nacido la estanflación (estancamiento con inflación), un fenómeno inédito que las recetas tradicionales de demanda de Keynes no podían resolver y que sirvió de tumba para el modelo de posguerra, pavimentando el ascenso del monetarismo y la era neoliberal.






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