Prof. Eleazar Mujica Sánchez[1]

[1] Sociólogo Summa Cum Laude (UCV). Especialista en política y comercio petrolero internacional (UCV). Doctor en Ciencias Sociales (UCV). Profesor-jefe del Departamento de Análisis Económico, Político y de la Planificación, Escuela de Sociología FaCES-UCV. Profesor de Posgrado (Especialización y Maestría) en Economía y Administración de Hidrocarburos (FaCES-UCV). Profesor de Geopolítica en la Universidad Venezolana de los Hidrocarburos (UVH). Profesor de Política y Economía Petrolera en el Instituto de Altos Estudios Diplomáticos Pedro Gual (IAEDPG) Profesor en la Academia Militar Bolivariana- FANB.
Autor del Ensayo: Ayacucho: un punto de inflexión en la unidad e integración latinoamericana- (2025)
Email: asesor.politicapetroleo21@gmail.com
Desde Venezuela, en víspera del bicentenario del Congreso Anfictiónico de Panamá, Eleazar José Mujica Sánchez —profesor universitario e investigador y militante revolucionario—, nos hace llegar unas reflexiones motivadas por la publicación en Venezuela del libro: A 200 Años. El Congreso Anfictiónico de Panamá en el Porvenir de América Latina y el Caribe, del historiador y combatiente internacionalista Amílcar Jesús Figueroa Salazar. Para el portal internacional Espacio Latino es oportuna la publicación de estas reflexiones por la gran importancia que reviste el pensamiento geopolítico del Libertador Simón Bolívar en nuestra América Latina y el Caribe y, desde luego, más allá.
Este 18 de junio hemos recibido de parte del historiador y legendario combatiente revolucionario venezolano Amílcar Jesús Figueroa Salazar, de amplia trayectoria en el movimiento popular latinoamericano, su libro: A 200 años. El Congreso Anfictiónico de Panamá en el porvenir de América Latina y el Caribe. Este acababa de salir de la imprenta, superando todos los entuertos de lo que implica hoy en términos económicos poder publicar un libro en nuestro país.
Con Amílcar me une una amistad y militancia. A pesar de la diferencia de edad, hemos venido compartiendo espacios de luchas desde finales de los 80 e inicio de los años 90 del siglo pasado, desde aquel otrora Proyecto Referencia, previo a Febrero Rebelde.
Cuando en la madrugada de este 19 de junio, leí de manera íntegra el libro de Amílcar Figueroa, fue inevitable precisar y repasar en la mente algunos contenidos de otro paisano nuestro (Amílcar y yo, somos del pueblo de Rio Caribe, estado Sucre) aún más legendario en las luchas políticas y también en las reflexiones intelectuales y políticas sobre este tema.
Me refiero, desde luego, a Pedro Ortega Díaz: curtido parlamentario comunista, profesor universitario y abogado, el primero en introducir un habeas corpus en nuestro país para evitar que el dirigente obrero y comunista Manuel Taborda fuese a la cárcel. Él fue, además, presidente del Partido Comunista de Venezuela (PCV) y creador intelectual del Instituto Nacional de Prevención, Salud y Seguridad Laborales (Inpsasel). Vino a mi memoria su histórico libro: El Congreso de Panamá y la unidad latinoamericana, publicado por vez primera en 1976. Aún conservo la segunda edición, de 1982, que en 1994 me obsequió con una dedicatoria de su puño y letra.
Luego de trabajar activamente a lo largo de 1997 en la conformación de los Comités Patrióticos con Chávez en el estado Sucre, a principios de 1998, con apenas 21 años de edad, el Partido me impuso la responsabilidad de ser candidato a diputado en el mismo circuito del estado Sucre, en donde Pedro Ortega Díaz era también nuestro candidato al entonces Congreso Nacional para las elecciones de noviembre de ese año. Aquellos comicios se celebraron un mes antes de las elecciones presidenciales que llevaron al Comandante Hugo Chávez a la jefatura del Estado.
Hugo Chávez había adoptado la vía electoral en el año 1997. Aunque hay muchas anécdotas y compartir con Ortega Díaz desde inicios de los años 90 en Caracas, lo que deseo comentar en correspondencia con la publicación del libro de Amílcar Figueroa, es que Pedro Ortega venía divulgando varios escritos desde la época de Pérez Jiménez. En ellos, bajo la clandestinidad, propugnaba la adopción del 22 de junio como el Día de la Unidad Latinoamericana.
Posteriormente, con mayor ímpetu desde los años 60 —fue firmante de la Constitución de 1961— y hasta el inicio de este siglo, en su condición de parlamentario no bajó la guardia en su desempeño por continuar proponiendo esta fecha. Afortunadamente, antes de su fallecimiento el 3 de febrero de 2006, en sus fervientes acciones parlamentarias logró que la Asamblea Nacional (establecida en agosto de 2000), declarara el 14 de junio de 2001, al 22 de junio como “Día de la Unidad Latinoamericana y Caribeña”. Al fin, su prédica de medio siglo se hacía realidad.
Este logro no es un hecho aislado, sino la expresión de la diferencia entre la Revolución Bolivariana y los gobiernos de la Cuarta República. Estos últimos adoptaron a Bolívar siempre en términos simbólicos, pero nunca en defensa de su doctrina de unidad latinoamericana ni de su postura antiimperialista. En consecuencia, Ortega Díaz tuvo que luchar y enfrentar a los gobiernos de la mal llamada democracia representativa para que su propuesta del 22 de junio se hiciese efectiva.
Por ello no es casual que, posteriormente, el 23 de junio de 2010 se publicara la Gaceta Oficial N° 39.452, en la cual la Asamblea Nacional, con motivo de celebrarse para ese momento el 184° Aniversario del Congreso Anfictiónico de Panamá y el Día de la Unidad de América Latina y El Caribe, acordó, entre otros: Primero: Conmemorar el 22 de junio como Día de la Unidad Latinoamericana y Caribeña, en homenaje a la instalación del Congreso Anfictiónico de Panamá Segundo: Respaldar al Comandante Presidente Hugo Chávez Frías, en todas las iniciativas necesarias que se requieran para el impulso y consolidación de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC). Tercero: Difundir la Declaración de la Cumbre de Jefes y Jefas de Estado y de Gobiemo por la unidad de América Latina y el Caribe, (Rivera Maya, México, febrero 2010). Cuarto: Ratificar nuestro compromiso para consolidar la integración y unión de nuestras naciones defendiendo su soberanía, el respeto a la autodeterminación de los pueblos y el rechazo a toda intervención imperialista.
En realidad, la Revolución Bolivariana liderada por el comandante y presidente Hugo Chávez vino a constituir una ruptura con respecto al trato frío y de diplomacia burguesa que los gobiernos de la Cuarta República otorgaron a nuestro Libertador Simón Bolívar. Ciertamente, Hugo Chávez impulsó decididamente políticas orientadas a fortalecer la unión entre las naciones hermanas de Nuestra América, creando espacios de cooperación, solidaridad, complementariedad y defensa de la soberanía. Para ello, desarrolló mecanismos de integración como la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA), PETROCARIBE, la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), Televisora del Sur (TELESUR), Misión Milagro, Escuela Latinoamericana de Medicina (ELAM) y Banco del Sur.
Asimismo, solo con la Revolución Bolivariana y su liderazgo fue posible la inclusión de Cuba en la cooperación energética, incluso antes del nacimiento de PetroCaribe, tras el Acuerdo de Cooperación Energético de Caracas suscrito por ambas naciones en octubre de 2000, con el cual se dio inicio al Convenio Cuba-Venezuela. Lamentablemente desde el pasado mes de noviembre de 2025, por la acción criminal gringa sobre nuestro Caribe y particularmente con sus órdenes ejecutivas y licencias petroleras sobre Venezuela, ha sido imposible continuar el envío de petróleo a Cuba.
A 200 Años. El Congreso Anfictiónico de Panamá en el Porvenir de América Latina y el Caribe: Aporte invaluable para la reflexión y acción política.

La frescura y, sobre todo, el aporte en manera de síntesis con el que el camarada Amílcar Figueroa nos presenta hoy, a 200 años de la materialización de aquel Congreso Anfictiónico de Panamá por parte de nuestro Libertador Simón Bolívar, me obligó esta misma madrugada a trazar estas reflexiones que, además, han despertado el interés del respetado portal internacional Tiempo Latino (https://tiempolatino.org/) para ser publicadas.
La idea de unidad de los países hispanoamericanos está tempranamente en Bolívar, y esto Amílcar lo deja muy claro. Incluso, a través de una búsqueda acuciosa fundamentada en los estudios de la historiadora Carmen Bohórquez, Amílcar lo ubica con antelación en Francisco de Miranda. En efecto, Figueroa refiere que “la idea de la Independencia, como empresa que abracaba todos los territorios americanos dominados por el colonialismo español y que, posteriormente, se constituyeran en Estado confederado, estuvo presente desde los primeros proyectos emnacipatorios”. (2026, p. 14). Al respecto, subraya que “documentos como Instrucciones o Acta de Paris de 1797 y, más específicamente, la Proclama a los Pueblos del Continente Colombianos (alias Hispano-América) hacen constar que, para Sebastián Francisco de Miranda, la Independencia era concebida como una tarea conjunta de los pueblos del continente dominados por el colonialismo español y, en correspondencia con eso, la conveniencia de que, al liberarse, se conformaran como un solo Estado”. (Ídem). Al mismo tiempo, su libro aclara que Miranda empleó el término “Continente Colombiano” a los territorios “descubiertos” por Cristóbal Colón, en fin, para referirse a los territorios de la Abya Yala.
Adicionalmente, se precisa que también “Simón Bolívar, en medio de los altos y bajos de la guerra, estando exiliado en Las Antillas (6 de septiembre de 1815), expuso con toda nitidez en su visionaria Carta de Jamaica, la idea de confederar las repúblicas por liberar” (Ídem). Consiguientemente, en dicha Carta —que constituye junto con el Discurso de Angostura (Santo Tomás de Angostura, 15 de febrero de 1819), la síntesis de sociología política más importante del ideario— se plasma su gran visión. En aquel Discurso Bolívar ya proponía la fusión de Venezuela y la Nueva Granada, cuyos territorios posteriormente unificados se conocerán bajo la denominación de República de Colombia (a la que luego se agregarían Quito y Guayaquil). Por ello, nuestro Libertador enfatizó lo siguiente:
¡Qué bello sería que el istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos! Ojalá que algún día tengamos la fortuna de instalar allí un augusto congreso de los representantes de las repúblicas, reinos e imperios a tratar de discutir sobre los altos intereses de la paz y de la guerra con las naciones de las otras partes del mundo. Esta especie de corporación podrá tener lugar en alguna época dichosa de nuestra regeneración; otra esperanza es infundada, semejante a la del abate St. Pierre que concibió el laudable delirio de reunir un congreso europeo para decidir de la suerte de los intereses de aquellas naciones. (Subrayado nuestro)
Por otro lado, Figueroa —quien precisa los esfuerzos del Libertador Simón Bolívar, encomendados desde 1822, 1823 e incluso todavía el 7 de diciembre de 1824, en vísperas de celebrarse el hecho de armas que en Ayacucho definió la Independencia de las otrora colonias españolas de América—, señala que “inicialmente, esta convocatoria se propuso confederar un vasto territorio integrado, si nos atemos al mapa actual del continente y sus límites, por México, al que todavía no le había sido arrebatado Texas, California y Nuevo México; la República de Guatemala, compuesta por las Provincias Unidas de Centroamericana (El Salvador, Nicaragua, Costa Rica ,Honduras y Guatemala); el Estado del Perú; Bolivia (Alto Perú), la República de Chile (al momento de la convocatoria todavía se le denominaba Estado de Chile), Las Provincias Unidas del Río de la Plata (Argentina y Uruguay), y la nación convocante, la República de Colombia, integrada para el momento por Ecuador, Venezuela y Colombia, que no le había sido arrebatada Panamá” (Ibidem, p. 20) Aquella fecha del 7 de diciembre, dos días previos a la Batalla de Ayacucho, constituye la célebre convocatoria para una asamblea general de plenipotenciarios que pasaría a la historia con el nombre de Congreso Anfictiónico de Panamá.
Efectivamente, en 1845 cuando el periodista y abogado estadounidense John O Sullivan acuñó y popularizó la Doctrina del Destino Manifiesto, EE.UU., se anexó los territorios mexicanos de Texas. Seguidamente, el 2 de febrero de 1848 con la firma del Tratado de Guadalupe Hidalgo, EE.UU., obligó a México a cederle más del 50% de su territorio. Sin embargo, no debe perderse de vista que los orígenes ideológicos y religiosos de esa doctrina —que conceptualiza a EE.UU., como la nación elegida por Dios y, por tanto, con la misión de extender la virtud de sus instituciones, rehaciendo el mundo a su imagen, por decisión de Dios— ya están presentes en 1615, a inicios del siglo XVII.
También en un artículo intitulado “El Destino Manifiesto”, John Fiske, en 1885, proclamó la superioridad innata de la raza inglesa y de sus descendientes en América, quienes por tal razón estaban llamado, como ya he subrayado, por la Providencia para esparcir por el mundo los beneficios de la civilización. En nombre de ello, han difundido sus valores democráticos y republicanos, los cuales, en las praxis, paradójicamente, lo han convertido —como lo ha señalado Noam Chomsky— en el mayor Estado terrorista de la humanidad.
Resulta Importante subrayar que aquel principio de la no intervención en América por parte de las potencias europeas, principio capital de la Doctrina Monroe —que se resume como lo indica Figueroa siguiendo a Luis Bigott al lema “América para los americanos” (aunque ni Monroe ni tampoco su autor intelectual, John Quincy Adams, escribieron ni pronunciaron textualmente esta frase)—, en el caso de Texas se pone en evidencia una deformación y expansión de la Doctrina Monroe, cuando el presidente estadounidense James Polk, en su mensaje de ese año de 1845, anunció que en el futuro se aplicaría aun en el caso de que existiera tan solo el temor de una intervención europea. Y al hacerlo así, se inspiró en las palabras pronunciadas por su predecesor, el presidente John Tyler, en el sentido de que no toleraría intervención alguna que pudiera perjudicar gravemente a los Estados Unidos.
Ya antes, en abril de 1826 se encuentra la apreciación despectiva de la Cámara de Diputados de ese país al conocer la invitación de Santander para participar en el Congreso Anfictiónico de Panamá. A esto se suma la actitud que asumieron ante la cuestión de límites entre nuestro país y la Gran Bretaña. En realidad, la violenta controversia surgida entre nuestro territorio y la Gran Bretaña al determinarse los límites con la Guayana inglesa, movió al Secretario de Estado Olney a dirigirse al gobierno de aquella potencia por conducto del Ministro estadounidense en Londres, el 20 de julio de 1895.
Del mismo modo, se destaca la política del Gendarme Internacional (Big Stick Policy) cuando aparece en el escenario internacional la nueva política, llamada popularmente “del Garrote” (Big Stick). Esta fue deducida por el presidente Theodore Roosevelt como corolario de la Doctrina Monroe en su mensaje del 6 de diciembre de 1904, tras emitir las siguientes palabras: “ La crónica transgresión de las leyes o una impotencia que dé por resultado un relajamiento general de los lazos de la sociedad civilizada permiten que en América, como en cualquier otra parte una nación civilizada recurra a la intervención y, en el Hemisferio Occidental la adhesión de los Estados Unidos a la Doctrina Monroe puede forzarlos, aun a pesar suyo, a ejercer funciones de policía internacional en fragrantes casos de transgresión o impotencia”.
En suma, la Doctrina Monroe lleva en su aplicación a la hegemonía de Estados Unidos sobre nuestro continente. Igualmente, ha servido de base para la puesta en marcha del imperialismo estadounidense que, en la historia, le ha permitido fomentar y ejecutar protectorados mantener un control estrecho e incluso llegar a anexiones de territorio, como sucedió con México y Puerto Rico, entre otros.
En su contribución al estudio del Congreso Anfictiónico de Panamá en el porvenir de América Latina y el Caribe, Amílcar Figueroa advierte que la prevención de nuestro Libertador Bolívar sobre España, Europa y EE.UU., así como la ya puesta en marcha de la Doctrina Monroe (2 de diciembre de 1823) y la celeridad del referido Congreso fueron desatendidas. En efecto:
La urgencia con que Simón Bolívar planteaba la realización del Congreso: un plazo perentorio no mayor de seis meses, deviene de su amplio conocimiento sobre las tendencias políticas internacional donde, por un aparte, España no daba signos de reconocer la Independencia de las repúblicas americanas; más aún, seguía acariciando posibilidades recolonizadoras. Asimismo, se conformaba en Europa la Santa Alianza, reuniendo a las potencias más reaccionarias de aquel continente que, tanto podían plantearse expedicionar sobre las antiguas colonias españolas; o bien, apoyar a España para los mismos efectos. Y, por otro lado, su claro interés de que solo participaran del mismo “los Estados otrora colonias españolas”, sin lugar a dudas, estuvo condicionado por haber estado en conocimiento de que, durante el año anterior (1823), John Quincy Adams, Secretario de Estado del presidente estadounidense James Monroe, había redactado un proyecto que se proponía crear un bloque continental, bajo hegemonía de su nación; tesis que, posteriormente, se conoció con el nombre de Doctrina Monroe, cuyo argumento fue impedir la dominación de cualquier país europeo en el continente ; pero, con un propósito bien definido, reflejado en su lema “América para los americanos” (Bigott, L.A.2010, p. 10, citado en Figueroa Salazar, A, Op, cit, p.23)
Grosso modo, nos argumenta Amílcar Figueroa que “Bolívar insistía en restringir la convocatoria a los Estados que recién se habían sacudido la dominación del imperio español. Sin embargo, tal indicación fue desatendida por algunos dirigentes que, tempranamente, estaban siendo influenciados por los Estados Unidos de Norteamérica. Así, pues el 6 de febrero de 1825, Francisco de Paula Santander, Vicepresidente de la República de Colombia, Encargado del Poder Ejecutivo, respondió a la circular de convocatoria, aceptando la realización de la Asamblea; pero modificando el criterio de participación” (Ibidem, p. 24). Al respecto, Figueroa Salazar, basándose en O’Leary, demuestra no sólo en Santander la conveniencia —contrariando a Bolívar— de invitar a Estados Unidos a augusta Asamblea de Panamá, sino que este criterio era compartido por el Gobierno de México a través de su presidente Guadalupe Victoria (a propósito, el único presidente de ese país que completó su periodo constitucional en los primeros treinta y cinco años de México como país independiente). Además, el presidente mexicano, en contraposición a Bolívar, “planteó la convivencia de invitar al Imperio de Brasil, a fin de tratar en la Asamblea General la controversia derivada de la invasión del referido Estado a la Provincia de Chiquitos”. (Ibidem, p. 25). Figueroa indica que el Gobierno de Guatemala también se inclinó por incluir a Estados Unidos de Norteamérica en la convocatoria al Congreso.
En opinión de Figueroa, Bolívar no había considerado prudente invitar a Brasil, en tanto, entendía la relatividad de su independencia, el fuerte control que sobre su vida social y política mantenían las casas comerciales portuguesas, y por haber asumido la monarquía como forma de gobierno. Todo eso, sumado a la falta de identidad entre lenguas.
De cualquier manera, la Asamblea General del Congreso sesionó en la ciudad de Panamá entre los días 22 de junio y 15 de julio de 1826, guiada, como bien lo explica Figueroa, por la agenda que recibieron las delegaciones de la República de Colombia y de la República del Perú, siguiendo instrucciones de Simón Bolívar. Aunque, durante las deliberaciones, fue la delegación de Colombia con Pedro Gual y Pedro Briceño Méndez la que mejor encarnó el pensamiento bolivariano. Al respecto aclara Figueroa que:
Los plenipotenciarios asistentes fueron: Pedro Gual y Pedro Briceño Méndez, por la República de Colombia; Manuel Vidaurre y Manuel Pérez de Tudela, en representación del Gobierno de Perú; José Mariano de Michelena y José Domínguez Manso, por México, Antonio Larrazábal y Pedro Molina, por Guatemala. En condición de observadores, estuvieron Eduardo Santiago Dawkins, por Gran Bretaña; y Jan van Veer, por Holanda.
Otros Estados que, aun cuando nombraron a sus delegados, no tuvieron participación presencial, fueron: la recién constituida República de Bolivia, cuyo gobierno designó a José María Mendizábal y Mariano Serrano, quienes no alcanzaron a viajar al istmo; y Estados Unidos, para ese momento gobernado por John Quincy Adams –el redactor de la Doctrina Monroe-, de cuya delegación, uno de ellos, Ricardo Anderson, falleció durante el viaje; y el otro, John Sergeant, llegó a destiempo; aunque son bien conocidas sus conversaciones bilaterales con las delegaciones que permanecían en el istmo, con incidencia negativa en el futuro del proyecto. (Ibidem, p. 27) (Subrayado nuestro)
Del mismo modo, nos señala Figueroa que, a pesar de las reiteradas invitaciones, tanto las Provincias Unidas del Río de la Plata, por las razones anteriormente descritas, como la República de Chile, se abstuvieron de enviar delegaciones, sepultando la aspiración expresada por Bernardo Monteagudo -firmante del tratado de unión entre Perú y Colombia-. Adicionalmente, Figueroa plantea la cuestión de lo resultó el fallido Congreso de Tacubaya (villa integrada en la actualidad a la Ciudad de México) cuya convocatoria se hizo antes de concluir las sesiones de Asamblea General de Panamá. En suma, Figueroa nos advierte que “la continuidad de las discusiones de Panamá estaba abortada de antemano, cuestión que terminó de definirse con la decisión del Congreso mexicano de no ratificar los acuerdos del istmo”. (Ibidem, p. 29)
Esto lleva a nuestro camarada Figueroa a asumir desde el enfoque marxista la tesis de “la contra historia de todos los tiempos”, con la cual queda más que demostrado en su libro que la política injerencista de los Estados Unidos logró marcar los resultados de Panamá y desalentó la convocatoria a Tacubaya. En torno a esto, deseo poner de relieve el pensamiento y acción antimperialista de nuestro Libertador Simón Bolívar, cuya máxima más conocida está expresada en aquella carta del 5 de agosto de 1829 que dirige al coronel inglés Patricio Campbell, encargado de negocios de su Majestad Británica en la Gran Colombia, en la cual Bolívar sentencia que “los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias, en nombre de la libertad”.
No obstante, poco se menciona y hasta se ignora que, varios años antes, Bolívar en una carta dirigida al General Pedro Briceño Méndez, con fecha del 02 de agosto de 1826, le expresó lo siguiente: “Yo pienso que mejor sería para la América adoptar el Corán que el gobierno de los Estados Unidos”. Me sigue llamando la atención el olvido de estas consideraciones de nuestro Libertador por parte de nuestros historiadores y hasta de políticos que se declaran antiimperialistas.
Es impresionante la claridad y actualidad de este pensamiento antiimperialista de Bolívar, muy oportuno en el actual contexto en el que el mundo es testigo de cómo la civilización iraní que fundamenta sus leyes y sistema político en el Corán no sólo ha hecho frente a las pretensiones imperialistas de Donald Trump en alianza con Israel, sino que lejos de sucumbir ha obligado a Estados Unidos, pese a su poderío bélico y de primera potencia económica a reconocer las peticiones de la República Islámica de Irán. De hecho, el documento marco del memorando de entendimiento con EE.UU., se conoció el 17 de junio y se espera por la firma oficial en Ginebra, Suiza. Con este paso se consolidará a Irán como superpotencia regional tras el fin del conflicto y el reajuste del equilibrio regional.
Está claro que la República Islámica permanece intacta; su integridad territorial es reconocida explícitamente en el acuerdo; su influencia sobre el Frente de la Resistencia es formalmente admitida; y sus conocimientos nucleares y capacidades misilísticas permanecen intactos. A esto debe agregarse que Irán no solo obligó a Estados Unidos a levantar su bloqueo naval ilegal, sino que obtuvo el reconocimiento de su rol clave en la gestión del corredor energético más importante del planeta, por donde transita alrededor del 20 % del suministro mundial de petróleo crudo.
En consecuencia, el fracaso de EE.UU., no es meramente táctico sino estratégico. Otra vez la arrogancia de su supremacía vuelve a equivocarse. En el pasado Henry Kissinger calificó a Vietnam despectivamente como “un Estado campesino comunista de tercera clase” y Lyndon B. Johnson lo describió como un “país condenadamente insignificante”. Irónicamente, aquel pequeñito país derrotó al país más rico y guerrerista de la tierra.
Al retomar la tesis de “la contra historia de todos los tiempos” que esgrime Amílcar Figueroa, se puede resaltar que el ideal bolivariano, “inscrito en lo más alto del pensamiento avanzado de su época no contó con el consenso de la clase dirigente de la época que, condicionada o por las ambiciones locales, frustró la utopía bolivariana de construir una sola nación en este lado del mundo; o, al menos, confederal las recién liberadas repúblicas…”. (Ibidem, p. 31) Figueroa también deja claro que, en el transcurrir del tiempo, quedó el camino expedito para que la dominación sobre Nuestra América se reposicionara, adquiriendo nuevas formas. Por tanto, el autor afirma que:
… de 1826 a 2026, las relaciones entre los Estados Unidos e Hispanoamérica han estado signadas por la predicción de Bolívar: las dominaciones de la potencia del Norte sobre Nuestra América. Superando el colonialismo, nuestros países cayeron en una c condición neocolonial y, luego, con el desarrollo del capitalismo, la dominación adquirió el carácter imperialista, tal como lo caracterizó Lenin en su momento. (Ibidem, p. 32)
Del mismo modo, precisa que:
Por mucho tiempo, la política militar de Estados Unidos se revistió de “Panamericanismo”, fórmula empleada para tergiversar la unión continental, y por esa vía impulsar pactos como el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), firmado en 1947 para atar a las naciones latinoamericanas a la geoestrategia militar de Occidente. Por lo demás, la Guerra de las Malvinas permitió demostrar a cuáles intereses respondía dicha política militar”. (ídem)
Igualmente, señala Figueroa que:
A inicios de la década de los 90, con la caída de la Unión Soviética y el Bloqueo Socialista, el pensamiento supremacista estadounidense acarició como posibilidad real la existencia de un mundo unipolar y, reafirmó políticas para la dominación continental. (Ibidem, p. 33).
No obstante, el autor deja claro que el debate sobre la pertinencia o no de la unidad de nuestros países gravitó en la lucha política con posterioridad al Congreso Anfictiónico de Panamá. En ese sentido, Figueroa, resalta que, “con posteridad, desde mediados del siglo XIX se combinaron los intereses de sectores reaccionarios de las oligarquías en las nacientes repúblicas, y la política estadounidense contraria al proyecto de unidad continental, para frustrar cualquier iniciativa en ese sentido. Aunque, lograron su objetivo transitoriamente, eso no impidió que la bandera de la unión desplegara nuevas jornadas”. (Ibídem, p.35).
En virtud de esto, el autor cita las luchas en el siglo XIX de José Martí quien confesó su admiración por Bolívar. Asimismo, destaca el accionar de Augusto César Sandino en el siglo XX, así como la gesta internacionalista del Che Guevara y Fidel Castro, colocando como ejemplo la Conferencia Tricontinental de la Habana (1967) donde la lucha de los pueblos de Nuestra América se encontró con la de los pueblos oprimidos de otros continentes. Mientras que, en este siglo XXI, resalta el rol del presidente colombiano Gustavo Petro Urrego, quien frente al plan de guerra global del imperialismo y cerco estadounidense sobre el mar Caribe y los ataques con misiles a lanchas pesqueras de Colombia y Venezuela, “hizo desesperados llamados a la unidad continental; incluso, llegó a proponer la conformación de un ejército mundial para la Paz”. (Ibidem, p. 36)
En definitiva, en este nuevo contexto, Amílcar nos habla de “la alborada del siglo XXI”, indicando que “en los inicios del siglo XXI la dominación imperialista tropezó con la irrupción de un pensamiento anti hegemónico, más enraizado en el proyecto originario, cuando, al calor de la insurgencia bolivariana, se instalaron en distintos países del continente, gobierno progresistas y populares, algunos de estos con aliento hacia transformaciones de naturaleza revolucionaria; y se alcanzaron a desarrollar, en un proceso ascendente, varias iniciativas en pro de la unidad de América Latina y el Caribe”. (Ídem) Como corolario de ello, nos cita la creación de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) el 14 diciembre de 2004 en un esfuerzo conjunto entre los presidentes Fidel Castro y Hugo Chávez, pero que luego logra la adhesión de Bolivia, Nicaragua, Honduras, San Vicente y Las Granadinas, Dominica, Ecuador, Antigua y Barbuda. A esto suma la creación de la Unión de Naciones Suramericana (Unasur) en 2008, posteriormente la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac) y, en paralelo, iniciativas como Petrocaribe, Banco del Sur y Telesur.
Todo esto lleva a Amílcar a hablar o considerar un “contrataque recolonizador”.Esta estrategia, ubicada por él “a partir del 3 de enero de 2026, por lo menos desde Venezuela, muestra con toda nitidez los alcances de las pretensiones de los imperialistas estadounidenses”.(Ibídem, p.38) Para Amílcar “la agresión militar perpetrada por el Ejército Sur de los Estados Unidos contra la nación venezolana es el desenlace de una serie de medidas arteras, intensificadas desde el momento cunado Barak Obama, el 8 de marzo de 2015, emitió la “Orden Ejecutiva” donde declaró a Venezuela como una “amenaza inusual y extraordinaria”. Evidentemente, marca una situación en extremo comprometida para la Soberanía Nacional”. (Ídem)
Asimismo, explica que “la condición de país que, aún bajo una nueva modalidad, fue ocupado militarmente, lo coloca en una indefensión que comienza con el secuestro del presidente Nicolás Maduro Moros y de la diputada Cilia Flores; para luego, arrastrar la imposición de una serie de medidas conducentes a la tutela de la economía en temas tan decisivo como el manejo de los hidrocarburos, las tierras raras y la minería en general; en la supervisión de los mecanismos financieros, del sistema judicial, etc.; dominación que ha ido en ascenso y amenaza con estrangular la soberanía Nacional y, más allá de las fronteras del país, constituye un golpe demoledor a la independencia continental”. (Ibídem, p. 39)
En resumen, señala Amílcar que:
En general, puede afirmarse que, a partir de 2009, Nuestra América ha visto escalar el reposicionamiento de regímenes de derecha, vasallos del imperialismo estadounidense. El llamado “ciclo progresista” –salvo Colombia que llega al progresismo en 2022- fue derribado por distintas vías: golpe de Estado contra el presidente Zelaya, en Honduras (2009); destitución del presidente paraguayo, Fernando Lugo, a través de un “juicio político” (2012); también, Cristina Fernández fue derrotada electoralmente, en Argentina; se aplicó impeachment contra Dilma Rousseff para sacarla del gobierno en Brasil (2016). Por otra parte, Rafael Correa salió del gobierno ecuatoriano (2017) y lo sustituyó Lenin Moreno, previamente cooptado por los estadounidenses; y en Bolivia, Evo Morales Ayma fue forzado a dimitir (2019). En fin, una década de retroceso y derrotas para los movimientos que, en buena media, habían roto con la política hegemónica en Nuestra América. (Ídem)
En fin, Figueroa deja claro que:
El avance de la derecha en estos países ha contado con un apoyo claro de todos los organismos con los cuales Estados Unidos instrumenta su dominación, existiendo una pasmosa continuidad en el pensamiento y la acción supremacista del poder estadounidense, con independencia de que Presidente o cuál partido esté en la Casa Blanca. Siempre han resultado falsas las expectativas de una política distinta hacia América Latina y el Caribe. (Ibidem, pp. 39-40)
De acuerdo con lo señalado, Figueroa deja claro que “en tiempos de Trump, la agresión toma un carácter brutal y decidido, se presenta sin que medie ningún asomo diplomático” (Ibídem, 40). Por ello, en su opinión, los imperialistas están dispuestos a llevar adelante, a todo evento, su estrategia. De hecho, siguiendo a Jorge Beinstein (doctor en ciencia económica de la Universidad de Franche Conté Bensancon, Francia) quien demuestra la estrategia de EE. UU que coloca a Latinoamérica como tabla de salvación y patio trasero, Figueroa afirma que “esa estrategia fue ratificada el 30 de mayo de este año, cuando en el Diálogo Shangri-La, Singapur, el Secretario de Guerra de los Estados Unidos, Pete Hegseth, sin ningún tipo de ambigüedad, confirmó el propósito de esa nación de colonizar el hemisferio”. (Ibídem, p.41)
Para Figueroa, promover la lucha contrahegemónica y sostener “la Soberanía como principio, en la actualidad plantea una complejidad adicional a las conseguidas por las y los patriotas de hace 200 años, derivada de la alta transnacionalización del capital existente hoy; lo cual conlleva grandes ataduras de la clase apropiadora de nuestros países, de sus negocios y sus finanzas con los imperialistas. (Ibídem, pp. 41-42) Por consiguiente, él nos advierte que “corresponde al pueblo trabajador liderar las fuerzas emancipatorias, partiendo de rescatar la identidad latinoamericana, su condición histórica, como una premisa sine qua non para que, con la fuerza de la unidad continental, se logre enfrentar la avalancha recolonizadora y, como un solo pueblo, alcanzar de nuevo, y en términos reales, la Soberanía e independencia”. (Ibídem, p. 42)
Planteada la significación que tiene esta temática en la actualidad, Figueroa, a manera de conclusión, analiza los nuevos sujetos históricos surgidos de la apropiación del legado. En consecuencia, para Figueroa está claro que:
Hace 200 años, los pueblos de Nuestra América recién emancipada visualizaron la formación de un bloque confederado como un paso ineludible para enfrentar la opresión colonial; tanto por vía de una nueva invasión del imperio español, de otra potencia europea, o de la nación del Norte del continente, que ya mostraba sus ambiciones expansionistas y su interés por la dominación.
En su opinión, así lo entendió la dirección política de la época y, en especial, Simón Bolívar, principal impulsor de la convocatoria a la Asamblea General de la Repúblicas americanas, celebrada en Panamá. Aquella nación confederada potenciaría su bienestar interior y contribuiría al equilibrio mundial. Igualmente, él tiene claro que “hoy cuando asistimos a un nuevo proceso de colonización, abiertamente proclamado por el hegemón del capitalismo occidental, la idea de unidad de los pueblos del continente habrá de transformarse en fuerza material hacia la defensa de las soberanías nacionales. (Ibidem, p. 44)
Como estudioso de la geopolítica y del marxismo, Amílcar Figueroa tiene claro que “para el imperialismo estadounidense ante el nuevo cuadro global donde ha perdido la primacía en la producción de mercancías, con el surgimiento de nuevos polos de desarrollo, casi en su totalidad ubicados al Este del mundo; con el agotamiento acelerado de materiales estratégicos, y el actual mapa geopolítico, reconfigurado con la derrota que sufrió frente a la República Islámica de Irán y con el estancamiento de la guerra que Occidente global emprendió contra Rusia; la recolonización de América Latina y El Caribe es vista como una necesidad, porque entienden a Nuestra América como su retaguardia estratégica para recuperarse y, luego, lanzarse a la reconquista de loa supremacía global”. (Ibídem, p. 44)
Ante ese escenario, Figueroa prevé que alcanzar una subjetividad revolucionaria, a favor de los pueblos de Nuestra América, supone una perseverante batalla cultural que permita asumir la lucha antimperialista como una empresa colectiva de los pueblos de Nuestra América y una tarea continental. Esa es la gran lección que las y los sujetos revolucionarios del presente histórico son llamados a liderar. Por tanto, Figueroa, hace hincapié en que la realidad que tenemos frente a nuestros ojos nos convoca al rescate de la ética que trazó el camino al Congreso Anfictiónico de Panamá en 1826, y del principio fundante de nuestras repúblicas: ¡La Independencia es innegociable! A propósito, comparto con Amílcar Figueroa que ese es el legado que nos deja la utopía bolivariana, el cual nos fija grandes tareas. ¡Emancipación o Nada!
El debate Sigue Siendo la Unidad Continental

En el debate y las reflexiones con que nuestro camarada Amílcar Figueroa cierra su libro: A 200 AÑOS. El Congreso Anfictiónico de Panamá en el porvenir de América Latina y el Caribe, considero oportuno traer a colación unas consideraciones del marxista peruano —y hasta ahora el más connotado de nuestra región—, José Carlos Mariátegui. Toda vez que, para él, Hispanoamérica, Latinoamérica, como se prefiere, no encontrará su unidad en el orden burgués. Para Mariátegui, este orden nos divide forzosamente, en pequeños nacionalismos, y aclaraba que los únicos que trabajamos por la comunidad de estos pueblos, somos, en verdad, los socialistas y revolucionarios. Por tanto, Mariátegui concluía sin dogmas, que el porvenir de la América Latina es socialista.
Por otro lado, en mi opinión, Bolívar fue un visionario y revolucionario que, sin llegar a ser marxista, supo organizar y cohesionar a las masas de nuestra América, bajo la unidad y el anticolonialismo, en pro de su libertad e independencia. Esto está muy bien sustentado, entre otros documentos, en la Carta de Jamaica y en su Discurso de Angostura que ya se ha referido. De cualquier manera, las ideas de Simón Bolívar continúan teniendo un significado muy especial para los pueblos latinoamericanos; especialmente para su lucha orientada al logro de una independencia genuina, de una plena soberanía sobre sus recursos naturales y de la creación de condiciones conducentes a un progreso socioeconómico acelerado. Todo ello, sobre la base de radicales transformaciones socioeconómicas, en un ambiente de paz, libertad y de democracia profunda y protagónica.
A propósito de este nuevo escenario de geopolítica petrolera, que sigue teniendo su epicentro en Venezuela e Irán en el Asia Occidental, cobra aún más vigencia el pensamiento y la acción de Bolívar sobre la propiedad de los recursos en el marco de lo que inicialmente fue la Gran Colombia con el legendario decreto del 24 de octubre de 1829 y que luego de la disolución de la Gran Colombia, sus países miembros, adoptaron. En consecuencia, ante las pretensiones de EEUU., —bajo el corolario Trump de la Doctrina Monroe— de apoderarse de nuestro petróleo, huelga subrayar el decreto dictado por nuestro Libertador el 24 de octubre de 1829 en Quito, Ecuador, específicamente en su artículo 1, —aunque sin poderse referir al petróleo porque aún no existe como categoría económica-jurídica, pero, se entiende que este se encuentra dentro de las minas no metálicas— se estableció que “conforme a las leyes, las minas de cualquier clase corresponden a la República, cuyo gobierno las concede en propiedad y posesión a los ciudadanos que las piden, bajo las condiciones expresadas en las leyes y enseñanzas de minas, y con las demás que contiene el decreto”.
Siendo, pues, el petróleo propiedad de la República desde su origen, es conceptualmente impropio hablar de “nacionalización” de ese recurso como lo hicieron creer los gobiernos de la Cuarta República para obviar el legado de Bolívar. Sobre esto escribió y disertó ampliamente el marxista, Salvador de la Plaza, fallecido en 1970. En esta misma línea debe subrayarse que, a diferencia de la Constitución de 1961, nuestra Constitución de 1999, en su artículo 12, deja muy claramente el dominio público y la propiedad de la República sobre los yacimientos mineros y de hidrocarburos, cualquiera que sea su naturaleza, existentes en el territorio nacional, fijando además su carácter inalienable e imprescriptible. Asimismo, es absurdo que luego de los fatídicos hechos del 3 de enero de este año, EE.UU., pretenda señalar que nuestro petróleo es de su propiedad.
El pensamiento e ideario bolivariano es el de la integración y, más profundamente, el de la unidad de nuestros pueblos. Ese anhelo de unidad continental está muy claro cuando, en la Carta de Jamaica, expresa: “Yo deseo más que otro alguno ver formar en América la más grande nación del mundo, menos por su extensión y riquezas que por su libertad y gloria”. Para Bolívar la patria es América. En el marco de la Revolución Bolivariana, nuestra Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, tanto en su preámbulo como en el artículo 153, da prioridad a este principio rector de su filosofía política. En efecto, el artículo 153 reza lo siguiente:
La República promoverá y favorecerá la integración latinoamericana y caribeña, en aras de avanzar hacia la creación de una comunidad de naciones, defendiendo los intereses económicos, sociales, culturales, políticos y ambientales de la región. La República podrá suscribir tratados internacionales que conjuguen y coordinen esfuerzos para promover el desarrollo común de nuestras naciones, y que garanticen el bienestar de los pueblos y la seguridad colectiva de sus habitantes. Para estos fines, la República podrá atribuir a organizaciones supranacionales, mediante tratados, el ejercicio de las competencias necesarias para llevar a cabo estos procesos de integración. Dentro de las políticas de integración y unión con Latinoamérica y el Caribe, la República privilegiará relaciones con Iberoamérica, procurando sea una política común de toda nuestra América Latina. Las normas que se adopten en el marco de los acuerdos de integración serán consideradas parte integrante del ordenamiento legal vigente y de aplicación directa y preferente a la legislación interna. (Gaceta Oficial, Nº 5908 de fecha 19/02/2009)
Sin embargo, doscientos años después, el proyecto del Congreso de Panamá sigue poseyendo un valor paradigmático, siendo, al mismo tiempo, el símbolo de una autentica unión hispanoamericana hasta ahora irrealizable. De ellos, el de mayor trascendencia era el de la Unión, Liga y Confederación Perpetua, con 31 artículos que contenían disposiciones atinentes a la defensa común, inclusive el empleo de fuerzas armadas; a la conciliación de las disputas y diferencias entre las potencias confederales; al mantenimiento en común —defensiva y ofensivamente, si fuera necesario— de la soberanía e independencia de todos ellos, y a la abolición del tráfico de esclavos. Los otros dos tratados se referían, uno, a la celebración a inicios de 1827 de un nuevo Congreso en la villa Tacubaya (hoy perteneciente a ciudad de México, el cual no llegó a reunirse), conforme a lo pactado en el artículo 11 del Tratado principal, y el otro, concluido en virtud del artículo 3°., miraba al mantenimiento en pie de guerra de un ejército de 60.000 hombres, de los cuales correspondía a México un contingente de 32.750.
En el ideario político y de lucha de Simón Bolívar, el hispanoamericanismo surge como una fervorosa aspiración a la unidad en el Congreso Anfictiónico de Panamá. Aun así, como bien lo pone de relieve Figueroa, ese noble anhelo se frustra y desvanece en Tacubaya. Posteriormente, ya en ausencia de Bolívar, trata vanamente de reconstituirse en Lima (1847-1848), Santiago (1856) y nuevamente en Lima (1864-1865), para claudicar finalmente en la hecatombe de Paraguay (1865-1870) y en la sangrienta guerra del Pacifico (1879-1883).
A propósito de esto, resulta necesario aclarar que, con la plena incorporación de Brasil y Haití en el siglo XIX al movimiento continental —ya no bajo el signo del hispanoamericanismo— cobró fuerza el latinoamericanismo. Esta es, en mi opinión, una expresión de carácter más geopolítico ante que histórico-cultural o étnico. En la actualidad, dentro de un contexto geográfico físico y político, este nuevo conglomerado de América Latina y el Caribe, que también incluye a jóvenes naciones insulares de habla inglesa, forma parte del Sur Global.
Hay que advertir, sin embargo, que nada más equivocado que atribuir a Bolívar la paternidad del panamericanismo cuya fecha se ubica entre 1888-1889 cuando se hace público ese término, aunque ya sabemos que sus orígenes filosóficos están en la Doctrina Monroe. Esta fue consecuencia, por una parte, de la debilidad de los pueblos hispanoamericanos y de sus incesantes rivalidades, y por otra, de las ambiciones hegemónicas y de la habilidad política de los estadistas de Washington. En torno a ello, podemos decir que el panamericanismo es muy contrario al bolivarismo. Al respecto, el político, estadista e intelectual mexicano José Vasconcelos, en su libro: Bolivarismo y Monroismo. –Temas iberoamericanos- lo ha fundamentado de un modo muy claro cuando sostiene que:
Llamaremos bolivarismo al ideal hispanoamericano de crear una federación con todos los pueblos de cultura española. Llamaremos monroísmo al ideal anglosajón de incorporar las veinte naciones hispánicas al Imperio nórdico, mediante la política del panamericanismo. (1935, p. 7/ 2da.edición. Santiago de Chile: Editorial Arcilla)
Bolívar, como lo señala Vasconcelos, tomó la iniciativa de creación de un organismo ínter-hispanoamericano y para eso convocó el Congreso de Panamá. Con todo, agregaría que lo hizo no al margen, sino en clara contraposición a la Doctrina Monroe y, por ello, sus advertencias a Santander cuando este invita a EE.UU. Recordemos que, dos meses antes de la convocatoria de Lima, el general Santander, Vicepresidente encargado del poder en Colombia, impresionado gratamente por el mensaje del presidente Monroe del 2 de diciembre de 1823, se apresuró a dar instrucciones al Ministro de Colombia en Washington, doctor José María Salazar, para que invitara al Gobierno de los Estados Unidos a enviar plenipotenciarios a la reunión panameña.
Asombrosamente, de esta resolución de Santander, Bolívar se enteró cinco meses después, es, decir, el 5 de abril de 1825. Inmediatamente, el 6 de abril, Bolívar le formuló la siguiente advertencia Santander: “La federación con los Estados Unidos nos va a comprometer con Inglaterra. Haga usted examinar bien esta cuestión y yo veré con placer su resultado, porque a lo menos podremos desengañarnos, usted o yo, de las prevenciones que hemos concebido” (Bolívar, Simón, 1947, Tomo I, p. 1076. Obras completas. Compilación y notas de Vicente Lecuna). El 30 de mayo de aquel año 1825, Bolívar ratificó a Santander sus ideas del siguiente modo: “Los americanos del norte y los de Haití, por sólo ser extranjeros, tienen el carácter de heterogéneos para nosotros. Por lo mismo, jamás seré de opinión de que lo convidemos para nuestros arreglos estrictamente americanos”. (Ibídem, p.1108) (Subrayado nuestro)
Desde luego, también el historiador y diplomático colombiano, Indalecio Liévano Aguirre, en su extraordinario libro: Bolivarismo y Monroísmo, deja muy claro no solo las diferencia entre Bolívar y Monroe sino también la esencia de sus antagonismos. En este sentido, es importante resaltar lo que señala Hernando Rosillo Torrente en su prólogo, a Indalecio Liévano Aguirre, con respecto a las diferencias entre el Bolivarismo y el Monroísmo, al argumentar lo siguiente:
Este estudio, riguroso examen del aquilatado historiador, nos conduce a comprender con toda evidencia, la enorme distancia entre la doctrina Monroe y la intención que se pretendía a unificar las naciones de la América hispana. Se trataba de que la arremetida norteamericana convirtiera la independencia -recientemente conquistada- en una dependencia suya, pues los países quedaban sujetos a no disponer de su propia autonomía, y la afectación en sus límites territoriales, espacios o áreas geográficas., les causaría en el tiempo el envilecimiento político, económico y social.
La política de dos doctrinas que se enfrentaban, en la práctica era la de dos polos opuestos: una, la de Monroe, mezquina, cerrada y egoísta, estaba concebida para una sola nación: la norteamericana. La otra, la del Libertador Simón Bolívar, sí una verdadera doctrina; más idealista, más digna, amplia y generosa, que únicamente pretendía la unidad, donde tuvieran cabida todas las naciones liberadas, aún en contra de la oposición anglosajona que a toda costa trataba por todos los medios de romper los lazos de integración y con ello el destino democrático de Hispanoamérica. (Liévano Aguirre, Indalecio, 2007, p. 28)
Como quiera que sea, la unilateral Doctrina Monroe —que con sus corolarios ha sido históricamente la matriz del panamericanismo— se invoca hoy en pleno siglo XXI con mayor ímpetu. Esto se ha evidenciado especialmente desde el pasado 3 de enero, cuando EE.UU., apelando nuevamente a su interés nacional, una vez más, violó el derecho internacional y toda institucionalidad al aplicar el uso de la fuerza. Mediante bombardeos, asesinó a un centenar de personas, entre civiles y militares venezolanos y cubanos. Además, secuestró y llevó a prisión al jefe de Estado y presidente constitucional (2025-2031) Nicolás Maduro, y a su esposa, la primera dama y diputada Cilia Flores. En virtud de estos hechos, los hijos de Bolívar tienen la obligación moral de continuar la lucha y enfrentar el monroismo, en nombre de la soberanía de la patria sobre sus recursos naturales —especialmente el petróleo— y en defensa de su modelo político fundamentado en el Socialismo Bolivariano en el siglo XXI. Grosso modo, este binomio (petróleo y socialismo) constituye las verdaderas razones de las agresiones imperialistas en nuestra patria.
Es importante resaltar que dentro de nuestra América México fue el primer país no solo en rechazar la Doctrina Monroe sino también en reclamar que la declaración de Monroe dejara de ser limitativa para extenderse a una doctrina de todos los pueblos americanos y no de uno solo, bajo un lema de “América para todas las naciones americanas”. Justamente por esta razón México, bajo la presidencia de Venustiano Carranza (1919) no hizo gestión alguna parta adherirse a la Liga de Naciones y deja clara la postura de México de no reconocer la Doctrina Monroe. Para México estaba claro que esta organización reconocía tácitamente la Doctrina Monroe y, por tanto, la supremacía estadounidense.
Este sentimiento y actuación política soberana fue ratificada en 1940 por otro gran presidente mexicano, Lázaro Cárdenas quien en marzo de 1938 nacionalizó la industria de los hidrocarburos. Una verdadera nacionalización no como la patraña ocurrida aquí en 1975 con el nacimiento de PDVSA y su puesta en marcha el 1 de enero de 1976. Posteriormente, México ingresó en 1931 a la Sociedad de las Naciones, pero formuló su ingreso, con ciertas reservas y observaciones frente a la doctrina estadounidense.
En correspondencia con lo anteriormente señalado, celebramos la pasión militante que nuestro camarada Amílcar Figueroa le imprime en sus hojas a los 200 años del Congreso Anfictiónico de Panamá. En su libro se combina las reflexiones intelectuales propias de condición de investigador histórico, con la profunda carga política de una militancia curtida en años en defensa de la Patria Grande. El tema que nos plantea Amílcar todavía hoy -2026- sigue presentando deformaciones por quienes valiéndose de poder político, económico e intelectual pretenden seguir manteniendo la tesis absurda de continuar atribuyendo la paternidad del Panamericanismo (instituido entre 1889-1890) a una lejana visión de Bolívar.
En realidad, a fines del siglo XIX se consolidaron los intereses estadounidenses en la región, impulsando sus propios mecanismos de dominación. Un ejemplo de esto es la Primera Conferencia Internacional de Estados Americanos, celebrada en Washington, D.C., del 2 de octubre de 1889 al 19 de abril de 1890, sesenta y tres años después del Congreso de Panamá. Esto dio lugar a la creación de la Unión Panamericana en abril de 1890, en provecho del imperialismo estadounidense y, por ende, en franca negación del proyecto originario y de unidad de la América, liderada por Bolívar, tras lo que significó el Congreso de Panamá.
Igualmente, se pretende continuar desacreditando a Bolívar, afirmando que él mismo solicitó el patrocinio británico para la Liga Americana que fungiría de embrión para lo que en 1826 sería el Congreso Anfictiónico de Panamá. Al respecto, las cartas que nuestro Libertador Bolívar, dirige a Bernardo Monteagudo en 1823 borran cualquier duda acerca de sus verdaderos designios. Ciertamente, Bolívar le expresó a Monteagudo que, “luego que la Inglaterra se ponga a la cabeza de esta liga, seremos sus humildes servidores, porque formando una vez el pacto con el fuerte, ya es eterna la obligación del débil”.
En este mismo orden de ideas, no puede resultar casual la advertencia profética que Bolívar le hizo, años más tarde, al ministro inglés Campbell: “Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia a plagar la América de miserias, en nombre de la liberta.” (Bolívar, op, cit, p. 792)
Finalmente, cabe subrayar que, todavía en este siglo XXI, a 200 años del Congreso de Panamá, muchos Estados aún siguen ausentes en la Organización de Naciones Unidas (ONU) como Estados Soberano. En verdad, ni siquiera en América Latina, donde tan arraigadas y antiguas han sido las luchas anticolonialistas, podemos afirmar que nuestra tierra esté enteramente libre de estas formas extemporáneas de dominación; pues Puerto Rico sigue siendo un ejemplo representativo de esto en Nuestra América. Esta misma situación sucede en la legendaria África, donde la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) —cuyo hermoso pueblo tuve la oportunidad de conocer en funciones diplomáticas— aún persiste sin ser reconocida como un Estado soberano.
Mientras tanto, cobra plena vigencia la advertencia de Francisco Pividal Padrón en su libro: Bolívar: Pensamiento precursor del antimperialismo, según la cual “la política exterior de los Estados Unidos ha servido y continúa sirviendo a los intereses expansionistas de la clase económicamente dominante, adueñada del poder político en dicho país”. [1976, (2021, p.15)].
Al mismo tiempo, con gran agudeza, Pividal ha puntualizado lo siguiente:
La política exterior de las repúblicas latinoamericanas y del Caribe consiste en reafirmar la precaria independencia política de casi todas ellas y luchar por el desarrollo económico independiente –segunda independencia– a fin de consolidar la libertad como expresión concreta y específica de sus respectivos pueblos. Mientras más se afianza este propósito en los pueblos latinoamericanos y del Caribe, más se alejan del objetivo de la política exterior de los Estados Unidos.
Son dos políticas que se excluyen: la de los principios, defendida por Bolívar, Martí y Betances, y la de la “falta de principios”, justa mente aquella que se desprende de los métodos empleados por el gobierno de los Estados Unidos en la América Latina y el Caribe.
La falta de unidad continúa siendo el signo negativo de Nuestra América. Corresponde a Simón Bolívar la gloria de haber sido un luchador consecuente contra esa falta de unidad y la gloria de haber llevado esa lucha hasta su concreción en el Congreso Anfictiónico de Panamá, donde las tendencias expansionistas y hegemónicas de los Estados Unidos habrían de encontrar su contrapartida en el ideal bolivariano. (Ibídem, p.15).
En fin,Simón Bolívar alcanzó una suerte adelantada de intelectual orgánico —guardando las distancias— antes de que Antonio Gramsci en el siglo XX definiera o conceptualizara como tal esta categoría. Realmente, visto ahora, en términos gramscianos, Bolívar tuvo una verdadera función de intelectual en la sociedad de su momento. Incluso su obra, así como su pensamiento filosófico y político, sigue siendo el mayor referente de unidad en Nuestra América, expresión originaria en Francisco de Miranda y enaltecida en el accionar del cubano José Martí. Bolívar es pensamiento y acción más allá de las fronteras de nuestro país y, en general, de las de su propio tiempo, tal como lo plasmó Ivo Andriç, gran novelista yugoeslavo y Premio Nobel de Literatura (1961), quien, en 1930 con motivo del centenario de la siembra de Bolívar, enfatizó en su ensayo: Bolívar, la libertad permanente que “Bolívar es una extraña personalidad en la que se combinan el que idea y el que realiza”.










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