Donald Trump: Atrapado en su propia tela de araña

Por Tito Olivo

Economista y analista geopolítico

La política arancelaria, la retórica xenófoba y la conflictividad en el Golfo Pérsico han dejado a Donald Trump atrapado en la propia tela de araña que él mismo tejió. Pensando que iba a hacer a Estados Unidos grande de nuevo, está logrando todo lo contrario, colocando no solo a su país al borde de una grave crisis económica, sino al mundo entero.

El muro arancelario, diseñado para enfrentar a competidores como China y encarecer los productos importados, ha actuado como un bumerán. Estas medidas lo que han hecho es encarecer las materias primas que se procesan al interior de Estados Unidos; son los consumidores norteamericanos quienes han tenido que cargar con ese costo y, cuando esos productos finales salen a competir internacionalmente, pierden competitividad.

Este efecto bumerán actúa como un impuesto invisible que ceba la inflación, castigando mayormente a las familias más vulnerables de ingresos bajos y medianos, las cuales tienen que hacer malabares para cubrir sus necesidades básicas. Trump cometió un error conceptual al pensar que los aranceles los pagan los países extranjeros (como China o la Unión Europea). En la realidad contable, el arancel lo paga el importador estadounidense cuando la mercancía llega al puerto.

La guerra de aranceles generó respuestas automáticas. Cuando EE. UU. grava el acero, el aluminio o los bienes tecnológicos, los socios comerciales responden aplicando aranceles a las exportaciones estadounidenses más competitivas, como los productos agrícolas o la maquinaria de alta tecnología. Esto estrangula sectores clave de la producción interna que dependen de cadenas de suministro globales fuertemente integradas.

Los análisis de este 2026 confirman que la cadena de aranceles globales ha sumado una presión notable a la inflación de bienes subyacentes (como ropa, calzado y componentes tecnológicos). Aunque el Tribunal Supremo frenó recientemente el uso de ciertas potestades de emergencia (como la Ley IEEPA), el andamiaje arancelario remanente le cuesta al hogar estadounidense promedio entre $1,200 y $1,500 dólares anuales. Las empresas ya no pueden absorber estos márgenes y los transfieren directamente al consumidor, atrapando a la Reserva Federal en la necesidad de mantener las tasas de interés altas.

La agresividad en la política arancelaria, combinada con las sanciones financieras, aceleró la urgencia global por buscar alternativas al dólar. Al utilizar el acceso al mercado norteamericano y su moneda como herramientas de presión geopolítica, se incentivó a bloques como los BRICS a acelerar sus mecanismos de pago bilaterales. No es que el dólar vaya a desaparecer mañana, pero la «tela de araña» proteccionista aceleró el deseo global de diversificar reservas hacia el oro físico, restándole compradores estructurales a los bonos del Tesoro a largo plazo.

Aquí es donde la trampa se cierra sobre Washington con fuerza geoeconómica: China, en un movimiento de autonomía estratégica y defensa ante la persecución comercial de Trump, ha acelerado el desenganche financiero reduciendo sus tenencias de deuda estadounidense a mínimos históricos. Paralelamente, Japón —el mayor tenedor extranjero de estos bonos— se ha visto obligado a liquidar masivamente sus posiciones en el Tesoro. Al ser Tokio un importador neto de energía, el encarecimiento global del crudo y la presión sobre el yen lo obligan a vender bonos de EE. UU. para defender su propia divisa. Así, los dos principales pilares que financiaban el déficit norteamericano le están dando la espalda al mercado de deuda de Washington.

Si bien la tensión en el Golfo Pérsico ha generado un impacto energético —debido al shock petrolero reciente por el conflicto con Irán—, la realidad matemática de los indicadores económicos demuestra que la inflación en EE. UU. se ha vuelto estructuralmente «pegajosa» (sticky inflation) debido a factores internos que no tienen nada que ver con los combustibles.

Cuando se analiza el Índice de Precios al Consumidor (IPC) excluyendo alimentos y energía (la Inflación Subyacente o Core CPI), el panorama revela presiones alarmantes provenientes de tres grandes frentes:

1. El Componente Inmobiliario (Shelter Inflation)

El costo de la vivienda y los alquileres es el «peso pesado» del indicador, ya que representa más de un tercio de toda la canasta del IPC.

  • Actualmente, el componente de refugio (shelter) está creciendo por encima del 3.3% anual.
  • Existe un desfase metodológico en la forma en que el gobierno estadounidense calcula el costo de la vivienda (utilizando el concepto de Owners’ Equivalent Rent o Alquiler Equivalente del Propietario). Esto significa que las subidas de los alquileres del mercado real tardan meses en reflejarse oficialmente, y ese efecto rezagado sigue empujando el indicador general hacia arriba.

2. La Inflación de Servicios No Energéticos (Supercore Inflation)

Este es el indicador que el presidente de la Reserva Federal vigila con lupa. Se trata de los servicios puros, donde el costo principal es la mano de obra. Al estar el mercado laboral estadounidense tan ajustado (baja tasa de desempleo y escasez de trabajadores en sectores clave), las empresas se ven obligadas a subir los salarios, costo que terminan transfiriendo directamente al consumidor. Aquí vemos aceleraciones brutales en sectores específicos:

  • Transporte y Aerolíneas: Las tarifas aéreas han registrado incrementos vertiginosos que superan el 20% interanual.
  • Seguros de Autos y Mantenimiento: El costo de asegurar y reparar un vehículo en EE. UU. se ha disparado, impulsado también por el encarecimiento de los repuestos.
  • Servicios Médicos y Hospitalarios: El sector salud muestra subidas sostenidas (en torno al 5.5% en servicios hospitalarios), reflejando el incremento en los costos de operación y suministros.

3. El Impacto de los Aranceles y la Cadena de Suministro (Inflación de Bienes)

Existe un factor de política comercial de gran impacto geoeconómico: el traslado de los costos arancelarios. El paso de los aranceles impuestos a las importaciones de bienes terminados no se nota el primer día. Las empresas absorben el costo inicial utilizando los inventarios que ya tenían guardados.

Sin embargo, una vez que esos inventarios se agotan, las corporaciones aplican aumentos graduales de precios. Sectores como el de la ropa y calzado (apparel), así como la maquinaria industrial, ya están reflejando este encarecimiento, encendiendo las alarmas en la cadena de producción mayorista (el PPI o Índice de Precios al Productor, que subió al 6% anual).

La paradoja para el inversor global

Al ver que la inflación no cede porque los servicios y la vivienda están calientes, la Reserva Federal se ve maniatada y tiene que mantener las tasas de interés elevadas (en el rango de 3.50% – 3.75%). Al no haber perspectivas de bajadas de tasas a corto plazo, el precio de los bonos del Tesoro a largo plazo sigue sufriendo pérdidas de capital, lo que alimenta el círculo vicioso que comentábamos antes.

Ante este escenario de desvalorización, los bancos centrales extranjeros —con China y Japón a la cabeza— prefieren vender sus bonos para no seguir registrando pérdidas contables en sus balances, restándole liquidez al sistema financiero estadounidense justo cuando la Casa Blanca necesita emitir más deuda para sostener su gasto.

No es solo el petróleo; es una economía estadounidense donde el consumo de servicios internos y las tensiones arancelarias están auto-manteniendo el fuego de la inflación.

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