Por: Tito Olivo Economista y, analista geopolítico
La crisis que se ha desatado en el Medio Oriente tras la reciente agresión israelí y norteamericana es descomunal. No se limita únicamente al terreno militar; sus ondas de choque están fracturando las estructuras sociales, económicas y políticas de toda la región. En este complejo tablero, es imperativo centrar la mirada en una pieza que muchos intentan ver al margen, pero que es, en realidad, la ficha clave de la encerrona actual: Egipto.
El mandato divino sobre la mesa geopolítica
Para comprender la gravedad de lo que vive el gigante del Nilo, hay que desvelar las pretensiones históricas del sionismo más radical. No es un secreto que el concepto del «Gran Israel» (Eretz Yisrael Hashlema) impregna la visión de los sectores ultra-conservadores que hoy dictan la pauta en Jerusalén.
Sin ser de ninguna religión, es necesario citar las fuentes que dan fuerza a este plan expansivo. Tanto en la Biblia como en la Torá —donde emana el mandato que los sionistas anteponen a cualquier tratado internacional de los últimos tres mil años— se describen fronteras que harían palidecer los mapas actuales:
- El Pacto de las Piezas (Génesis 15:18): «A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el río Éufrates».
- La Promesa del Éxodo y Deuteronomio: Territorios que hoy pertenecen soberanamente a Egipto (Sinaí), Jordania, Siria y el Líbano, son vistos bajo esta óptica como una herencia pendiente de recuperación por «posesión física».
La estrategia de la asfixia económica
Pero el expansionismo no solo se alimenta de fe, sino de recursos. Israel tiene un objetivo pragmático en Gaza: la limpieza demográfica para proceder a la anexión territorial. El botín es claro: la plataforma marina de Gaza, donde descansa una reserva probada de 1.1 billones de pies cúbicos de gas natural.
Para apoderarse de este recurso y construir la «Rivera de Gaza», el plan requiere desplazar a la población palestina hacia el Sinaí egipcio. Y aquí es donde la trampa se cierra sobre El Cairo.
Egipto no es hoy una nación soberana en sus finanzas. Con una deuda externa que ronda los 168 mil millones de dólares, el gobierno de Abdelfatah el-Sisi está contra las cuerdas. Para el ejercicio fiscal 2025-2026, el país debe destinar cerca del 83% de sus ingresos para cumplir con los compromisos de deuda. Con una inflación del 15.2% y una deuda pública que históricamente ha rozado niveles asfixiantes (alcanzando picos del 103% del PIB), el-Sisi se encuentra en una debilidad extrema.
La granada sin espoleta
La «oferta» sobre la mesa es tan tentadora como suicida: Estados Unidos e Israel podrían facilitar los recursos necesarios para que Egipto salga de la trampa de la deuda a cambio de recibir a la población de Gaza. Sin embargo, al aceptar este trato, el-Sisi estaría quitándole la espoleta a una granada de alta potencia en su propio patio.
El factor determinante es la oposición interna y religiosa. Aunque los Hermanos Musulmanes han vivido sus días más negros desde el golpe de 2013, su influencia en una población donde el Islam Sunita representa el 90% es innegable. La organización, aunque fragmentada en oficinas en Londres, Estambul y una rama joven radicalizada, mantiene un cordón umbilical ideológico con Hamás.
Si el gobierno egipcio se pliega a las pretensiones sionistas, no solo enfrentaría una narrativa de «traición a la fe», sino el riesgo real de una insurrección. No vendría necesariamente de la alta oficialidad, sino de los mandos medios y alistados, quienes comparten el vínculo religioso y emocional con sus hermanos en Gaza. Una cesión territorial o demográfica podría ser el catalizador para que estos sectores actúen, sacando a el-Sisi del poder y sumergiendo a la región en un caos aún más profundo.
Egipto está atrapado. Por un lado, el abismo del default financiero; por el otro, el abismo de la desintegración interna. Israel lo sabe, y en ese vacío de salida, el proyecto del Gran Israel avanza sobre las ruinas de la soberanía de sus vecinos.










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