El mundo ante una grave crisis económica y de desigualdad

El 28 de febrero, cuando estallaron las bombas en Irán y murió el ayatolá Alí Jamenei, junto a dirigentes políticos, religiosos y familiares presentes en su residencia, también se extinguió, en gran medida, la esperanza de que la sensatez prevaleciera para construir la paz. Con ello, se aleja la posibilidad de que los pueblos vivan en armonía y concentren sus esfuerzos en reducir la pobreza y las profundas desigualdades sociales que afectan al mundo.

La situación actual es mucho más compleja que la vivida durante la Guerra de Yom Kippur en 1973 o durante la Guerra Irán-Irak, que se extendió desde septiembre de 1980 hasta agosto de 1988 y dejó alrededor de un millón de muertos.

El origen de la fractura: 1973 y 1980 Sin embargo, lo verdaderamente importante es lo que vino después de esos conflictos. En 1973, la deuda global se estimaba entre 10 y 15 billones de dólares, equivalente a aproximadamente el 100%–120% del PIB mundial. Para 1980, al inicio de la guerra entre Irán e Irak, esa deuda había aumentado a entre 30 y 40 billones de dólares, es decir, alrededor del 150%–170% del PIB global. En apenas siete años, la deuda mundial creció en más de 20 billones de dólares.

En cuanto a la distribución del ingreso, el 1% más rico del planeta concentraba entre el 15% y el 18% del ingreso global en 1973, mientras que el 40% más pobre recibía entre el 12% y el 14%. Para 1980, el 1% más rico pasó a concentrar entre el 18% y el 20%, mientras que el 40% más pobre cayó a entre el 10% y el 12%. Es decir, tras la primera gran crisis energética, la desigualdad comenzó a profundizarse junto con el endeudamiento global.

El impacto histórico en América Latina y el Caribe En América Latina y el Caribe, el comportamiento no fue distinto. En 1973, la deuda regional se situaba entre 70 mil y 80 mil millones de dólares, con el 1% más rico concentrando entre el 15% y el 18% del ingreso, mientras que el 40% más pobre recibía entre el 12% y el 14%. Para 1980, la deuda se disparó a entre 300 y 350 mil millones de dólares (alrededor del 50% del PIB regional), mientras que el 1% más rico pasó a concentrar entre el 18% y el 20% del ingreso, y el 40% más pobre descendió a entre el 10% y el 12%.

Esto evidencia que, mientras la deuda global se multiplicó aproximadamente por dos o tres veces en ese período, en América Latina lo hizo entre cuatro y cinco veces, al tiempo que la desigualdad social se profundizó significativamente.

La asfixia actual: 350 billones de deuda, Pero la situación actual es aún más preocupante. Hoy, la deuda global alcanza aproximadamente entre 340 y 350 billones de dólares, lo que equivale a cerca del 300% del PIB mundial. En otras palabras, el mundo produce alrededor de 100 billones de dólares al año, lo que implica que, si toda la producción global se destinara exclusivamente al pago de la deuda —sin considerar gasto en salud, educación o consumo— serían necesarios más de tres años para saldarla.

En términos de desigualdad, el 1% más rico del mundo captura alrededor del 20% del ingreso global, mientras que el 40% más pobre apenas recibe entre el 9% y el 10%. Más aún, el 10% más rico concentra aproximadamente el 50% del ingreso mundial, lo que refleja un nivel extremo de concentración económica.

En América Latina y el Caribe, la deuda actual se sitúa entre 5 y 6 billones de dólares, representando entre el 70% y el 80% del PIB regional. En cuanto a la distribución del ingreso, el 1% más rico concentra entre el 20% y el 25%, mientras que el 40% más pobre apenas accede a entre el 8% y el 10%. Esto confirma que la región nunca ha logrado corregir su desigualdad estructural; por el contrario, cada crisis la ha consolidado.

Hacia un modelo alternativo frente a la crisis Ante este panorama, el escenario actual se torna aún más crítico. Las tensiones internacionales y los conflictos geopolíticos amenazan con disparar los precios del petróleo, el gas natural y el carbón, encareciendo los costos de producción y aumentando la inflación global. Incluso si se alcanzaran acuerdos políticos, los daños en infraestructuras energéticas ya impactan los mercados, encareciendo los productos refinados y presionando aún más a las economías.

Esto llevará inevitablemente a un mayor endeudamiento, a mayores sacrificios para las poblaciones y a un incremento de los conflictos sociales, impulsados por el aumento de la desigualdad y la pérdida de poder adquisitivo.

Ante esta situación, se hace necesario plantear un modelo alternativo al neoliberalismo, en el que el trabajo, el capital y el Estado se articulen de manera cooperativa para generar riqueza con mayor equidad. Asimismo, es imprescindible fortalecer el papel de la Organización de las Naciones Unidas, evitando que el orden internacional sea definido unilateralmente por una sola potencia.

De no corregirse este rumbo, el mundo se encamina hacia una crisis estructural de mayores proporciones, donde la deuda, la desigualdad y los conflictos podrían converger en un escenario de inestabilidad global sin precedentes.

Tito Olivo

Economista

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *