Por: Tito Olivo Economista y Analista Geopolítico
Desde la crisis del petróleo de 1973, nuestra nación ha escuchado el mismo estribillo: «debemos ir hacia las energías renovables». Lo viví con fuerza en mis años de estudiante universitario cuando estalló la segunda crisis petrolera a inicios de los ochenta. En aquel entonces, desde la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), se lideraron investigaciones vanguardistas: parábolas concentradoras de energía en el campus, el uso de calentadores solares para precalentar agua en la generación térmica y la producción de etanol y biodiésel a partir de las mieles ricas de la caña de azúcar. En esa época, con una capacidad instalada robusta y precios del azúcar deprimidos, sustituir importaciones de fósiles era el camino lógico. No se hizo.
Luego vino la crisis especulativa de 2008, con el barril sobrepasando los 140 dólares, y más tarde el choque del 2022. En cada episodio, el tema vuelve a sonar con fuerza, pero al cesar el «trueno», la voluntad política se desvanece. Ninguno de los gobiernos que hemos tenido ha diseñado una política energética de Estado que rompa estructuralmente nuestra dependencia. Los esfuerzos han sido, en el mejor de los casos, tímidos y reactivos.
Perdimos una oportunidad de oro con PETROCARIBE. Aunque en la práctica recibíamos cerca de 25,000 barriles diarios hacia 2013, las condiciones eran inmejorables: financiamiento de hasta el 70% del valor si el barril superaba los US$40, con plazos de hasta 23 años y tasas de apenas el 1% o 2%. Ese respiro financiero debió ser el fondo semilla para nuestra transición energética definitiva, pero lamentablemente, el país no lo aprovechó para ese fin.
El escenario actual es alarmante. Hoy, cuando los misiles explotan en el Golfo Pérsico y el Estrecho de Ormuz —arteria por donde fluye el 20% del petróleo y gas mundial— está parcialmente cerrado, nos encontramos en una situación de extrema vulnerabilidad. A esto se suma la posible clausura de Bab-el-Mandeb en el Mar Rojo (otro 12% del flujo global). Para una economía como la dominicana, con niveles mínimos de reservas físicas y escasa capacidad de almacenamiento, este escenario es potencialmente catastrófico.
Ante esta realidad, no podemos seguir esperando. Se requiere una Política de Estado audaz y agresiva que incluya:
- Soberanía en los techos: Instalación masiva de paneles solares en hospitales, escuelas, oficinas públicas y recintos militares. Asimismo, redireccionar el dinero del subsidio eléctrico para dotar de paneles a las familias vulnerables que hoy dependen del «Bonoluz», convirtiéndolas en prosumidores.
- Economía Circular y Biomasa: Impulsar la producción por pirólisis para obtener combustibles de plásticos y neumáticos usados. Debemos aprovechar el sargazo, el jacinto de agua (lilas), las vinazas de la caña y los desechos orgánicos urbanos para producir biometano, reduciendo así la importación de Gas Natural.
- Tecnologías de Vanguardia: Fomentar el hidrógeno verde y optimizar nuestro sistema hídrico mediante el bombeo con energía solar y eólica, permitiendo que el agua de las presas regrese a los embalses para ser reutilizada en la generación.
Si no actuamos ahora, el impacto negativo en nuestra balanza comercial desarticulará la tasa de cambio, provocando un doble choque inflacionario que golpeará con saña a la población.
Es hora de dejar de ser reactivos. Vamos a dejar de acordarnos de Santa Bárbara solo cuando truena y tomemos hoy las acciones pertinentes para que las futuras generaciones no hereden una nación a oscuras y endeudada por el petróleo. El sol y el viento no pasan por Ormuz; son nuestros, y es hora de usarlos.












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