1929 frente a la tormenta actual: El paralelismo de dos grandes crisis

Por Tito Olivo

Economista y analista geopolítico

A escasos tres años de cumplirse el centenario de la Gran Depresión que estremeció al mundo el 24 de octubre de 1929 —un colapso que se prolongó durante una década y cuya salida económica solo se dinamizó mediante la reconversión y el gasto militar de la Segunda Guerra Mundial—, el planeta asiste a una paradoja inquietante: hoy, ese mismo incremento del gasto militar y la confrontación geopolítica no están reactivando la economía, sino arrastrándola hacia una crisis global con características mucho más destructivas que las de 1929.

Afirmamos que la tormenta actual es cualitativamente más peligrosa en todos los órdenes. Debido a la escalada armamentista y a las fricciones hegemónicas, las tensiones geoeconómicas han alcanzado cotas críticas, situando a la humanidad bajo la incertidumbre de un conflicto global generalizado que pondría en jaque la continuidad misma de la civilización contemporánea.

Estos enfrentamientos, librados primordialmente por el dominio de mercados y territorios estratégicos, han provocado el estrangulamiento de las principales rutas de navegación interoceánica y ataques sistemáticos contra infraestructuras de refino y extracción petrolera. La consecuencia inmediata es el encarecimiento estructural de los vectores energéticos, cuyos sobrecostos se transfieren en cascada a todos los bienes y servicios, dada la ubicuidad física de la energía en el aparato productivo.

Diferencias estructurales: de la sobreproducción a la escasez física

Es imperativo advertir que la crisis que hoy se incuba diverge de forma sustancial del colapso de 1929, aun cuando compartan síntomas superficiales. Aquel cataclismo fue impulsado, entre otros factores, por un salto tecnológico que elevó la productividad y multiplicó los inventarios en un contexto de expulsión de mano de obra y salarios deprimidos. Esto desplomó la demanda efectiva y desató una devastadora espiral deflacionaria y de bancarrotas empresariales en el marco de la rigidez monetaria del patrón oro.

Al igual que en 1929, el ciclo previo a la crisis contemporánea experimentó una prolongada exuberancia irracional, apalancamiento especulativo y una desconexión abismal entre las cotizaciones bursátiles y la economía real. La especulación financiera, alimentada durante años por la liquidez artificialmente barata de los bancos centrales y exacerbada recientemente por la fiebre en torno a la inteligencia artificial y los activos digitales, evoca de manera directa los excesos que antecedieron al «Jueves Negro».

Asimismo, como una trágica rima de la historia económica, la aprobación de la Ley Arancelaria Smoot-Hawley en 1930 en Estados Unidos —considerada por los historiadores como uno de los mayores desaciertos regulatorios del siglo XX al provocar represalias comerciales cruzadas y contraer el comercio mundial en más del 60%— encuentra hoy un claro paralelismo: presenciamos una marcada fragmentación geoeconómica. El retorno de políticas proteccionistas agresivas, las guerras comerciales y tecnológicas (especialmente entre Washington y Beijing) y la utilización de los aranceles y las sanciones como armamento geopolítico están desmantelando la eficiencia del comercio internacional.

La trampa de la deuda: el abismo de los 315 billones de dólares

No obstante, la crisis contemporánea es infinitamente más compleja y letal que la de 1929 debido a dos perturbaciones sistémicas inéditas.

En primer término, la hipertrofia de la deuda global, que ronda los 315 billones de dólares (trillions en la nomenclatura anglosajona), equivalentes a cerca del 333% del Producto Interno Bruto (PIB) mundial. Los pasivos soberanos y corporativos no financieros explican el grueso de este endeudamiento, registrando las economías avanzadas ratios de deuda sobre PIB que oscilan entre el 110% y el 120%, niveles comparables únicamente con la posguerra de 1945.

El problema medular reside en que las autoridades monetarias han agotado su margen de maniobra. Los bancos centrales se encuentran atrapados en un dilema insoluble:

  • Si mantienen tasas de interés restrictivas para contener una inflación impulsada por cuellos de botella y restricciones de oferta, encarecen letalmente el servicio de la deuda soberana —cuyo costo de refinanciamiento absorbe cuotas récord de los ingresos fiscales— y amenazan con quebrar el sistema bancario apalancado en títulos de deuda pública a largo plazo.
  • Si claudican y recortan los tipos para rescatar los mercados financieros y abaratar el crédito, convalidan una depreciación acelerada de sus monedas fiduciarias y reavivan la espiral inflacionaria en los bienes de primera necesidad.

La economía papel —asentada sobre un mercado global de derivados financieros cuyo valor nocional supera los 600 billones de dólares según los registros del Banco de Pagos Internacionales (BPI)— ha tocado su techo de sustentación física.

El muro biofísico: refino de destilados y vaciamiento de inventarios

El error fundacional del monetarismo abstracto es ignorar una ley biofísica elemental: el dinero por sí solo no genera trabajo útil; el trabajo lo ejecutan los megavatios y los hidrocarburos. En 1929, la Tasa de Retorno Energético (TRE o EROI) del petróleo convencional rondaba una proporción de 100:1 (se invertía el equivalente a un barril para extraer cien). Hoy, la TRE global del crudo convencional y no convencional ha descendido a rangos de 15:1 e incluso 10:1, lo que obliga a destinar una porción creciente de capital y energía únicamente a compensar la declinación natural de los yacimientos.

Lejos de una abundancia real, la economía choca contra dos factores críticos:

  1. La asfixia en la capacidad de refinación: Entre 2020 y 2023 se desmantelaron o reconvirtieron más de 4 millones de barriles diarios (mbd) de capacidad de refino en el mundo, principalmente en Norteamérica y Europa. Esto generó un déficit estructural crónico en el procesamiento de destilados medios (diésel y gasoil), los verdaderos insumos tractores de la minería, la mecanización agrícola, la marina mercante y el transporte ferroviario de carga. Con inventarios de destilados situados sistemáticamente por debajo de sus medias históricas en los principales centros industriales, cualquier contingencia operativa dispara los márgenes de refino (crack spreads), trasladando un choque inflacionario directo a la logística y a la canasta básica.
  2. El desmantelamiento de los amortiguadores soberanos: El caso más elocuente es la Reserva Estratégica de Petróleo (SPR) de Estados Unidos. Dotada históricamente de una capacidad superior a los 714 millones de barriles, fue sometida a extracciones masivas para contener la presión inflacionaria interna, situando sus inventarios en torno a los 284,6 millones de barriles. Las potencias consumidoras nucleadas en la Agencia Internacional de la Energía (AIE) encaran esta coyuntura con los inventarios de seguridad pública más magros en cuatro décadas, eliminando el amortiguador indispensable ante cualquier disrupción severa de suministro.

Balcanización logística: fletes, seguros y estrangulamiento de pasos clave

A diferencia de los años treinta, cuando el aislamiento comercial fue un fenómeno primordialmente normativo, hoy la parálisis deriva del estrangulamiento físico y la militarización de los pasos obligados (chokepoints).

En el Mar Rojo y el estrecho de Bab el-Mandeb —arteria por la que circulaba rutinariamente entre el 12% y el 15% del comercio marítimo global y cerca de 8,8 millones de barriles diarios de petróleo y derivados—, el tráfico regular de portacontenedores y buques tanque cayó en más del 50% al 60%. La flota mercante se ha visto forzada a circunnavegar África por la ruta del Cabo de Buena Esperanza.

Las consecuencias de este desvío son palpables:

  • Añade entre 10 y 14 días adicionales de navegación por trayecto entre Asia y Europa.
  • Demanda un consumo extraordinario de millones de toneladas de búnker y diésel marino, tensionando aún más el balance de destilados.
  • Dispara las primas de seguros contra riesgo de guerra y encarece las tarifas de fletes, sepultando de facto el modelo logístico del just-in-time (justo a tiempo) que sustentó la globalización durante los últimos treinta años.

La rebelión de los tangibles frente a la hegemonía del dólar

En el periodo de entreguerras, la transición hegemónica de la libra esterlina hacia el dólar se procesó dentro de un mismo eje financiero anglosajón. La escena contemporánea, por el contrario, está marcada por una fractura tectónica entre dos polos:

  • El bloque occidental emisor de deuda: Economías terciarizadas, con déficits fiscales crónicos y balanzas comerciales deficitarias, apalancadas en la hegemonía de sus monedas fiduciarias.
  • El espacio del Sur Global y Eurasia: Estados que concentran la extracción neta de hidrocarburos, la minería estratégica, el procesamiento de tierras raras, la producción de fertilizantes y el grueso de la industria pesada instalada.

La instrumentalización del dólar como herramienta de coerción financiera aceleró un reacomodo de fondo. De acuerdo con el Consejo Mundial del Oro (WGC), las compras netas de oro físico por parte de los bancos centrales han superado de forma consecutiva las 1.000 toneladas anuales, con economías como China, Rusia, India y Turquía a la vanguardia.

No se trata de una maniobra especulativa coyuntural: es una sustitución estratégica en la que los balances soberanos reemplazan deuda externa ajena por reservas tangibles desprovistas de riesgo de contraparte. La liquidación de crudo y gas en yuanes, rublos, rupias y dírhams confirma el declive del petrodólar clásico y el avance hacia una arquitectura multipolar referenciada en materias primas.

Conclusión: El regreso inexorable a la economía real

La Gran Depresión de 1929 tardó diez años en resolverse y desembocó en el reordenamiento traumático de la Segunda Guerra Mundial y los acuerdos de Bretton Woods. La crisis en ciernes no ofrecerá salidas mágicas sustentadas en la alquimia de la emisión fiduciaria.

Cuando la montaña de deuda global colisione frontalmente con una matriz energética restringida por el déficit de refino, el encarecimiento de la extracción y la balcanización logística, la primacía retornará a los bienes reales.

Para América Latina y el Caribe, el diagnóstico impone una conclusión categórica: aquellas naciones que mantengan su estabilidad atada exclusivamente al endeudamiento externo y a la importación desregulada de combustibles sufrirán una asfixia prolongada. Blindar la economía regional demandará tres pilares irrenunciables: soberanía energética efectiva, autosuficiencia agroalimentaria y control estratégico de los recursos minerales y reservas soberanas de valor.

El espejismo del dinero fácil ha caducado; la era de la economía real y termodinámica está en marcha.

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